
Aves rapaces como halcones y gavilanes han desplazado a especies como las torcazas en la ciudad. La transformación del entorno urbano y las acciones humanas también han contribuido a esta desaparición.
$1´800.000 cuesta un cachorro puro de golden retriever; $2´200.000 una cría de bulldog francés crema y unos $2´500.000 un teckel salchicha. Adoptar o comprar una raza de perro se ha vuelto un debate actual.
11/11/2025
Williams Villa
Cada vez es más común ver perros de razas ‘exclusivas’ apoderarse de las miradas y la atención en la calle; pomeranias, labradores, bulldogs o salchichas son algunos de los ejemplares más demandados y buscados en este mercado, convirtiendo a decenas de cachorros en símbolos de estatus y lujo. Pero detrás de esta fachada de tendencia se esconde una realidad oscura, un proceso que va más allá de los cuestionables fines lucrativos de las crías. Son problemas genéticos, las malas condiciones de algunos criaderos ilegales y hasta robos de mascotas con intención de extorsión y explotación los que se suman.
Aquí Hay Noticia realizó un recorrido que permite ver este fenómeno no solo como una preferencia o gusto social, sino también como una contradicción cultural y una necesidad que se suple sin importar las consecuencias del mundo animal; ahondando en el discurso de los actores participantes de este fenómeno y las prácticas que muestran consumo y mercantilización de las vidas de caninos desde hace muchos años.
Según el estudio “Exploring the dark side of pet ownership: Status- and control-based pet consumption”, publicado en el Journal of Business Research de Ámsterdam: “Poseer mascotas puede proporcionar un sentido de estatus entre los dueños, quienes perciben a sus animales como un medio de reconocimiento social y asocian el prestigio de sus mascotas con su calidad de vida”.
El atractivo estético de múltiples razas ha venido acompañado de graves consecuencias para los animales debido a la selección humana y las alteraciones genéticas que conllevan. Un informe de PETA (People for the Ethical Treatment of Animals) advierte que los bulldogs, pugs y otros linajes braquicéfalos —las razas de perros y gatos con el cráneo muy corto y ancho— tienen hocicos tan cortos que muchos apenas pueden respirar. “Si un perro jadea solo para respirar, algo anda muy mal”, enfatizan. Otras organizaciones como la British Veterinary Association (BVA) concuerdan en lo mismo, pues reafirman que estas razas enfrentan graves problemas de salud, incluida la dificultad respiratoria crónica debido a su anatomía modificada de generación en generación a causa de la misma selección.
En Europa, el estudio veterinario del Journal of Small Animal Practice (2010) por las investigadoras y veterinarias Katy M. Evans y Vicki J. Adams arrojó que más del 80% de los bulldogs ingleses y boston terrier deben parir por cesárea, ya que sus cabezas grandes y caderas angostas hacen imposible el parto natural. Otro caso es el de los dachshunds o perros salchichas, cuya morfología —que para muchos de sus dueños son signos de “pureza”— los hace propensos a hernias discales y parálisis. En 2002, las asociaciones protectoras de Alemania prohibieron la “cría de tortura”, es decir, reproducir animales de manera intencional si esa cría asegura dolor, sufrimiento o daños hereditarios. Esta práctica se usa en varias razas de perros, gatos y caballos para conseguir especímenes más “bonitos” según las características fenotípicas que se busque.
Un claro ejemplo de esta práctica ocurre con los shar pei, cuya piel excesivamente arrugada (y escogida selectivamente en los individuos con este gen predominante) les provoca infecciones constantes; o con los bulldogs albinos en Colombia, vendidos como “únicos” pese a que padecen ceguera, sordera y alta propensión al cáncer de piel. Frente a casos así, los Países Bajos y Noruega ya prohibieron la cría de perros con hocicos excesivamente cortos, al considerar que perpetuar estas características constituye una forma de maltrato animal.
Según datos del American Kennel Club, en 2022 el bulldog francés —con todas sus variaciones genéticas— desplazó al labrador retriever como la raza más popular en Estados Unidos, tras haber registrado en la última década un aumento superior al 1000 % en sus inscripciones de pedigrí, lo que lo llevó del puesto 14 al primero en el ranking. Para la activista Liliana Meza, de la organización SOS Frenchie en España, dedicada a la adopción de bulldogs, “tener un bulldog es como llevar un Rolex o una camiseta de Dolce & Gabbana”.
En Colombia, figuras públicas como la presentadora Laura Tobón avalan de manera indirecta este discurso al exhibir bulldogs franceses grises valorados en más de cinco millones de pesos, mientras cantantes como Maluma presumen dóbermans europeos que juntos superan los cuatro millones de pesos. La influencia de las redes sociales y los creadores de contenido ha consolidado el fenómeno y genera tendencias en algunas razas y desprecio en otras; las personas en Instagram o TikTok han desplazado a razas que antes eran “trending”, como los shiba inu, por otras como los salchichas. Sus videos generan millones de visualizaciones y, con ellos, cientos de compras impulsivas de estos mismos.
Si bien hay personas que usan los perros como un accesorio más de su declaración de patrimonio o estatus, hay excepciones que creen aún en la adopción. Isabella Villalobos, una caleña de 19 años, convive con dos perros de raza que llegaron a su hogar hace varios años como regalo: Tomás, un salchicha, y Lucas, una mezcla de schnauzer y cocker. Ella tiene una postura clara frente al mercado de mascotas: “Mi familia y yo nunca hemos estado a favor de comprar, nos parece mucho mejor adoptar. Hay perritos y gatos que también se merecen ser queridos, incluso si tienen condiciones de salud o discapacidades como la de Lucas, que es cieguito”.
Reducir a los animales a accesorios de moda o símbolos de estatus es un error ético. “Ver a las mascotas como un accesorio me parece sumamente irresponsable y triste”, enfatiza, convencida de que la adopción es la mejor manera de combatir el abandono y promover un vínculo basado en el respeto y el cuidado. Sin embargo, reconoce que no está del todo en contra de quienes deciden comprar una mascota, pero sí cuestiona los fines detrás de esa decisión. “Entiendo que hay personas que quieren ciertas razas y está bien, pero hacerlo solo para generar estatus o modificar al animal por estética me parece sumamente cruel”, afirma.
Prácticas como cortar colas u orejas son una forma de maltrato reguladas por la ley. Su posición es clara: “El desacuerdo está cuando se violenta la normalidad de la mascota, su bienestar y sus cuidados. Más que comprar, yo siempre preferiría la adopción… es confrontante pensar que la naturalidad de un perro fue modificada solo para cumplir con una apariencia”.
Existen varios casos de allanamiento a criaderos ilegales en Colombia. En Cali, el 14 de septiembre de 2023, la Unidad Especial de Protección Animal, junto con la Policía Ambiental, rescató 25 perros dóberman de un lugar clandestino donde estaban hacinados entre heces y orina. En Bogotá, el 17 de junio de 2024, más de 12 caninos fueron encontrados en condiciones similares, listos para la venta en redes sociales; entre los canes había bulldog francés, bull terrier, shih tzu, pug, husky, dóberman y golden retriever. Muchos presentaban pulicosis, pelaje sucio y erizado, desnutrición y lesiones en sus extremidades. Los responsables no pudieron demostrar atención veterinaria previa ni permisos para la práctica.
Las autoridades de protección ambiental advierten que muchos de estos negocios operan en la informalidad, reproduciendo hembras sin descanso y vendiendo cachorros enfermos o con malformaciones a causa de su explotación. Ante estas prácticas, recuerdan que cualquier ciudadano puede denunciar criaderos ilegales o casos de maltrato animal a través de la línea 123 o directamente al #767, línea nacional de la Policía. En Bogotá, también está habilitada la línea 018000 115 161 del Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal (IDPYBA), mientras que en Cali los reportes pueden hacerse al 350 834 4077 del DAGMA. Estos canales permiten activar operativos de rescate y sanciones contra los responsables.
Del lujo al delito: el robo de perros
La tendencia y el auge por obtener estas razas también ha implicado un aumento en delitos de hurto y secuestro. En Bogotá, la Policía reportó cerca de 500 robos de mascotas en 2024. Los delincuentes se enfocan en perros de alto valor como bulldogs franceses, huskies o pomeranias, especialmente si saben que son hembras sin esterilizar.
En algunos casos, las familias son extorsionadas con rescates millonarios, y en otros, las hembras robadas son usadas en criaderos ilegales para obtener crías sin parar y venderlas. La Policía Metropolitana señala que “los delincuentes estudian a las víctimas, escogen razas de alto valor y saben que pueden explotarlas en reproducción o revenderlas fácilmente”. Un caso muy famoso en el mundo fue el de la cantante Lady Gaga: tras un ataque armado a su paseador en Los Ángeles, ofreció medio millón de dólares como recompensa, mostrando hasta dónde puede llegar el mercado negro.
La adopción
La contraparte de este paisaje revela que existen más de dos realidades que se contraponen o chocan en varios de sus cimientos. Por un lado, los criaderos ilegales y comercios informales que reproducen hembras sin descanso para abastecer la demanda de cachorros de moda; del otro, los refugios y fundaciones que, con recursos limitados, luchan por dar una segunda oportunidad a perros abandonados o rescatados del maltrato. Esta paradoja pone en evidencia cómo el auge del consumo de razas específicas alimenta un mercado que contrasta con la precariedad de quienes intentan salvar vidas.
La Fundación Huella de Esperanza nació hace más de una década como una iniciativa de ciudadanos que comenzaron recogiendo perros heridos o desnutridos en las calles del sur de Cali. Con el tiempo, el número de animales creció, y lo que empezó como una labor espontánea terminó consolidándose en un refugio que hoy alberga a más de 150 perros. Sin embargo, como relata Diana González, voluntaria del lugar, el camino ha estado lleno de limitaciones: “Sobrevivimos gracias a donaciones y al esfuerzo de voluntarios; no contamos con apoyo del Estado y muchas veces tenemos que decidir entre alimentar o cubrir los tratamientos médicos”.
La brecha frente a los criaderos se siente todos los días. Mientras en las vitrinas de internet abundan cachorros de bulldog o pomerania con precios millonarios, en Huella de Esperanza la mayoría son perros criollos, adultos o ancianos que esperan, a veces durante años, por una familia. “La gente llega preguntando por razas específicas como golden o bull terrier, pero aquí casi todos son mestizos que pasan desapercibidos”, explica González. Esa indiferencia prolonga el hacinamiento y obliga a los voluntarios a redoblar esfuerzos.
A las limitaciones económicas se suman los prejuicios sociales. Muchos potenciales adoptantes asocian a los perros de refugio con enfermedad o problemas de conducta, aunque el equipo de la fundación invierte tiempo en esterilizar, vacunar y rehabilitar a cada animal. Diana recuerda incluso situaciones insólitas: “Nos han preguntado por el criadero donde están los perros, y hemos tenido que aclarar que los criaderos están prohibidos y fomentan el maltrato animal”. Su testimonio refleja la frontera simbólica entre dos mundos: el de los refugios que sostienen la vida con mínimos recursos y el de los criaderos que se alimentan del mercado de razas y tendencias.
La paradoja de lo correcto
A partir de todo esto, se encontró que Aquí Hay Noticia, pues esto ha generado una paradoja en torno a lo que se considera correcto o incorrecto: los perros de raza no eligieron sus características genéticas, del mismo modo que los animales en refugios tampoco escogieron su destino. El debate trasciende el simple lema de “no compres, adopta” que solo despatrocina estos mercados ilícitos, y se enmarca en un entramado más complejo que involucra prácticas de crianza, intereses económicos y vacíos en la regulación.
Las redes criminales detrás de la procreación indiscriminada y la modificación genética con fines lucrativos constituyen uno de los muchos pilares que sostienen esta problemática. Años atrás, la discusión de la venta o adopción de mascotas en Cali iba mucho más allá de los contactos digitales. En las afueras de centros comerciales como Chipichape y Unicentro, decenas de vendedores exhibían cachorros de diferentes razas en improvisadas jaulas o cajas de cartón con el único fin de venderlos; la mayoría estaban en estados graves de alimentación y sin controles sanitarios.
Esta práctica, además de ilegal, está regulada por el Decreto 2257 de 1986, cuyo artículo 34 es enfático: “Queda prohibida la venta, canje o comercialización de cualquier tipo de animal en las vías públicas y solo podrá hacerse en establecimientos, lugares, plazas y ferias debidamente habilitados para tal fin, y cuando quiera que hayan obtenido licencia sanitaria para los efectos”.
El Centro Zoonosis de Cali recuerda que “las mascotas que se vendían en estos sitios muchas veces no estaban bien alimentadas y ni siquiera vacunadas”. El maltrato se evidenció en las largas jornadas bajo el calor, el hacinamiento, el estrés y la sed a los que son sometidos estos animales. La venta ilegal, además de ser perjudicial para el bienestar de los perros y gatos, también afecta a los compradores, que pueden terminar recibiendo un animal enfermo, y reduce las posibilidades de adopción, perpetuando el problema de los animales callejeros en la ciudad.
Todo este debate no ocurre en un vacío legal. Recientemente, la Corte Constitucional, en su más reciente Sentencia C-332 de 2025, reafirmó que los animales son seres sintientes y no simples objetos al servicio de los humanos. El fallo declaró inconstitucional que el Código de Ética de veterinarios y zootecnistas describiera a los animales como “medios que sirven al hombre en la medida de su utilidad”, al considerar que dicha visión contradice el mandato constitucional de protección especial.
Con esta decisión, la Corte insistió en que, aunque por efectos civiles los animales aún se consideren bienes, su dignidad y capacidad de sentir dolor les otorgan un estatus especial que obliga al Estado y a la sociedad a garantizarles cuidado y bienestar. Este reconocimiento fortalece la base jurídica para cuestionar prácticas como la cría indiscriminada, la explotación en criaderos y el abandono, recordando que los perros, gatos y cualquier animal —más allá de ser tendencia o estatus— tienen derecho a vivir sin sufrimiento.
¿Qué piensa la gente de esto?
Un sondeo exploratorio realizado por Aquí Hay Noticia a 100 ciudadanos en Cali mostró que 7 de cada 10 personas estarían dispuestas a comprar un perro de raza, mientras que 3 de cada 10 se inclinan por no hacerlo y defienden la adopción como la vía más responsable. Aunque no es una muestra representativa de toda la ciudad, los resultados ofrecen un panorama de las percepciones ciudadanas frente a la tenencia de mascotas. Cabe recalcar que el 98 % de las personas que aseguraron estar de acuerdo con la compra de razas admitieron tener también la intención de adoptar.
El auge de los perros de raza en Colombia y en el mundo ha evidenciado un dilema social: en muchos casos, las mascotas son tratadas como símbolos de estatus más que como compañeros de vida. Estos modelos de pedigrí plantean un debate sobre el destino de caninos que, por procesos de selección y reproducción controlada, no han tenido elección sobre su linaje, sus cruces ni la finalidad de sus crías.

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