Cali y su deuda con el agua: una mirada nueva a la lluvia y al pasado de la ciudad

Las lluvias en Cali, no solo han superado los promedios históricos de precipitación en lo que va del año, sino que han planteado una crisis urbana estructural y un debate con dos esferas: una ciudad que ha crecido dándole la espalda a sus ríos y una cultura ciudadana cuestionable. Este reportaje recorre el impacto de las precipitaciones recientes, la transformación de cuerpos de agua como Floralia, la creación de proyectos como el Plan Jarillón, la prevención de asentamientos en zonas de riesgo y la urgencia de respuestas estatales ante una vulnerabilidad que ya no da espera.

NOTICIAS13/11/2025Williams VillaWilliams Villa
Deuda con el agua portada

Las lluvias en Cali no solo han superado los promedios históricos de precipitación en lo que va del año, sino que han planteado una crisis urbana estructural y un debate con dos esferas: una ciudad que ha crecido dándole la espalda a sus ríos y una cultura ciudadana cuestionable. Este reportaje recorre el impacto de las precipitaciones recientes, la transformación de cuerpos de agua como Floralia, la creación de proyectos como el Plan Jarillón, la prevención de asentamientos en zonas de riesgo y la urgencia de respuestas estatales ante una vulnerabilidad que ya no da espera.

Nuevamente llueve sobre Cali. Las noticias sobre inundaciones y árboles caídos vuelven a encabezar los medios locales, como si cada titular fuera una gota de advertencia que se repite sin ser escuchada. Durante unas horas, la ciudad cambia de ritmo: las calles se anegan, los buses se detienen, el tráfico permanece inmóvil; la gente se abriga, las panaderías duplican sus ventas y la rutina se adapta al aguacero parcialmente. Pero cuando escampa, Cali retoma su pulso habitual y el sol del medio día sube la temperatura. Sin embargo, esto solo es hasta que otra nube oscura, desde cualquier punto cardinal, decide asomarse, recordándonos que no hemos aprendido a vivir con el agua.

Cali es una ciudad principalmente seca, con un clima cálido y tropical; esto debido a que la Cordillera Occidental bloquea los frentes de aire húmedo que provienen del Pacífico. Esta misma presenta una variación de altura significativa a lo largo de la ciudad, pues mientras en el norte alcanza un promedio de 2.000 metros de altitud, en el sur puede superar los 4.100 metros. Esta diferencia provoca que la parte suroccidental de Cali reciba mayor cantidad de precipitaciones que la noroccidental, generando microclimas dentro de la misma ciudad y evidenciando cómo el relieve influye en la distribución de las lluvias y en la vulnerabilidad de ciertos sectores frente a fenómenos como las inundaciones. Pero fenómenos como el de La Niña demuestran que ningún sector, barrio, casa o distrito está totalmente a salvo.


La famosa ciudad de los siete ríos tiene una deuda histórica con el agua: se urbanizaron quebradas, se canalizaron riachuelos como si fueran obstáculos; se desviaron caudales y se contaminó con desechos; se le dio la espalda al agua… y hoy se pagan las consecuencias. La ciudad nació y creció abrazada por ríos; ellos la recorren, la rodean, la alimentan y la hacen sobrevivir. Son como venas que atraviesan su cuerpo trayendo vida, pero también advertencias, enfermedades y problemas derivados de sus malos hábitos.


El historiador caleño Enrique Caporalli nos recuerda:

“Como sucede en cualquier centro poblado, los ríos han sido un elemento fundamental para la vida desde sus inicios, ya que proveen el agua necesaria para la supervivencia y el consumo cotidiano (…) a medida que Cali fue creciendo, esa relación con los ríos empezó a transformarse. El crecimiento urbano no ocurrió de forma planificada, y no hubo un esfuerzo sostenido por parte de todos los actores sociales para conservar estas fuentes”.


Cali creció junto al río que lleva su nombre, pero su vínculo más fuerte fue con el gran río Cauca. Allí se hicieron mercados móviles, transporte de mercancía y fue un gran medio de movilidad para esas generaciones que lo presenciaron. Sin embargo, a medida que la ciudad se expandió, esta relación se transformó: el crecimiento urbano fue desordenado y sin una visión ecológica sostenida. Aunque desde inicios del siglo XX hubo sectores preocupados por conservar las fuentes hídricas y proteger los cauces, estas iniciativas no lograron consolidarse. En consecuencia, los ríos terminaron recibiendo alteraciones en sus caudales con aguas residuales, basura y desechos de todo tipo.

Por ello, hoy en día hay entidades encargadas de velar por el cuidado y la administración de los recursos naturales, como la CVC y el DAGMA. Estas se esfuerzan diariamente por regular el uso del suelo y proteger las zonas hídricas a través de instrumentos como el POT (Plan de Ordenamiento Territorial) y el POMCA (Plan de Ordenación y Manejo de Cuencas Hidrográficas). Sin embargo, la presión del crecimiento urbano continúa afectando los cauces naturales. Muchas construcciones se levantan en zonas de alto riesgo, ignorando la dinámica propia de los ríos y sus ciclos de desbordamiento. Intervenciones institucionales como el Proyecto Jarillón buscan mitigar estos impactos, pero enfrentan diversas limitaciones operativas, conflictos sociales relacionados con la reubicación cuestionable de habitantes y una débil cultura ciudadana respecto al cuidado del agua. Así, la ciudad ha estado pagando el precio de un modelo de desarrollo contradictorio que históricamente ha marginado la ecología de sus propios ríos.

Según la Alcaldía de Cali, los recientes monitoreos realizados por el DAGMA revelan que los ríos urbanos están cada vez más contaminados a medida que avanzan por la ciudad. Aunque en su nacimiento el agua aún mantiene una calidad aceptable, a medida que atraviesa zonas urbanas se degrada considerablemente. En puntos como la zona del centro y la desembocadura hacia el río Cauca, la calidad del agua se considera muy mala. Esta contaminación no solo afecta la vida de los ríos mismos, sino que representa un riesgo para la salud pública y la fauna que vive de ellos; refleja una grave desconexión entre la ciudad y sus fuentes hídricas. A pesar de los planes y normativas existentes, los ríos siguen siendo receptores de desechos mineros y descargas sépticas, lo que hace urgente tomar medidas más efectivas y fortalecer la conciencia ciudadana sobre el cuidado del agua.

“Los ríos no se desbordan simplemente porque el ser humano los haga desbordar, no; se desbordan porque, naturalmente, esa es una dinámica propia hidrológica de los ríos. Lo que pasa es que cuando nosotros construimos sobre las riberas de los ríos, al lado de los ríos o en zonas inundables, pues se van a ver afectados y el riesgo se va a aumentar. Entonces, para ello, en este momento tenemos un portal de conocimiento que está en tiempo real, se conecta con la Secretaría de Gestión del Riesgo y los demás órganos de socorro que tiene la administración de Cali, para atender y avisar cuáles van a ser las precipitaciones diarias e históricas, de manera que se pueda comparar y saber si va a haber crecimiento y desbordamiento de los ríos. Por otro lado, hacemos reducción del riesgo de manera conjunta con los municipios y sus cuadrillas”, afirma Luis Parra, director de planeación de la CVC.

Una de las zonas de mayor vulnerabilidad ante el fenómeno de inundación en Cali son los asentamientos ubicados en el jarillón y aledaños al río Cauca en el oriente y nororiente de la ciudad. Estudios de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia advierten que barrios como Alfonso López, Juanchito, Floralia, Petecuy y Paso del Comercio —todos a escasos metros del Cauca— podrían inundarse de nuevo gravemente si las lluvias se intensifican. La expansión urbana de Cali ha sido una completa odisea, pues hay muchas comunidades levantadas sobre humedales, suelos debilitados y márgenes que son convertidas en asentamientos.

Con el apoyo del software ArcGIS, se logró mapear y trazar la ubicación de los ríos y realizar trazados con las comunidades aledañas. Este análisis revela que algunas de estas poblaciones se encuentran incluso a menos de 50 metros del río Cauca, lo que evidencia su alta exposición al riesgo de inundaciones.

A continuación, se presentan los resultados que permiten visualizar con claridad la cercanía de estas zonas a las fuentes hídricas.

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Aproximadamente menos de 50 metros de distancia entre el río Cauca y asentamientos aledaños en el barrio Alfonso López.

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Aproximadamente 60 metros de distancia entre el río Cauca y los asentamientos aledaños en el barrio Petecuy.

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Barrio Ciudadela Floralia

Aunque hoy se cuenta con mapas, modelos, alertas, planes y normas que ofrecen acceso a información en tiempo real sobre las amenazas climáticas y territoriales, se siguen escuchando muchas voces en Cali que aún se preguntan: ¿de qué sirve toda esta información si seguimos construyendo sobre estas zonas? ¿Estamos realmente preparados para una catástrofe? Tal vez, Cali necesita algo más profundo… Tenemos que reconciliarnos con su geografía, reconocer la sabiduría de su paisaje y repensar su relación con el agua.


El secretario a cargo de la Secretaría de Gestión de Riesgos, Nicolas Suarez, asegura que:

 “En estos momentos, contamos con la articulación necesaria para enfrentar una temporada de lluvias de la magnitud con que ha sucedido. Cali cuenta con unas excelentes organizaciones de socorro: la Cruz Roja del Valle, la Defensa Civil Seccional Valle y el Cuerpo de Bomberos Voluntarios. Cali es muy afortunada en ser la ciudad de los siete ríos; eso trae consigo unos retos… Ese es el principal objetivo, que la ciudad entienda que esto es una oportunidad y que todos los responsables alrededor de los ríos pongamos lo que tengamos que poner para poder vivir con eso como una fortuna y no como un problema.”


El Plan Jarillón que se viene implementando hace varios años es un megaproyecto que busca reforzar el sector y reasentar a las familias que lo ocupan de manera irregular, mejorando su calidad de vida. Este proceso en pro de ayudar a los caleños ha generado un debate bastante extenso entre dos posturas:

 

1.Las familias asentadas que exigen soluciones.

Muchas de las familias que aún habitan en estas zonas han manifestado su disposición a ser reubicadas. Algunas comunidades han denunciado desalojos forzados y falta de concertación en el proceso de reubicación, lo que ha generado tensiones y protestas. Estas familias argumentan que han vivido en el jarillón durante años y que necesitan soluciones que respeten sus derechos y les brinden seguridad y estabilidad. Cabe recalcar que, según la Alcaldía, se han dispuesto mesas de diálogo y que a la fecha se han reasentado 5.296 familias, se han intervenido 456 unidades sociales económicas y se han reforzado 25,2 kilómetros del jarillón que bordea el río Cauca con la zona urbana. Sin embargo, aún hay muchas poblaciones con ánimos de salir de esta incertidumbre, la cual llega todos los días en esta temporada de lluvias.
 

“El decir de ellos es que estamos en una zona de alto riesgo no mitigable, y que simplemente nosotros no debemos estar aquí, que nos inundamos porque queremos, porque este sitio no es para ser habitado. Estamos en el programa, tenemos que desocupar… Simplemente no nos queremos inundar, pero no hay así ninguna solución de la Alcaldía”, relata una lideresa del barrio Floralia.

 

2. El Estado que busca detener los asentamientos e implementar soluciones en zonas de riesgo.

Según lo expresado, las áreas clasificadas como riesgo no mitigable no pueden ser destinadas a procesos de urbanización, ya que su condición las convierte en suelos de protección ambiental. Cualquier intento de ocupación o desarrollo en estas zonas está restringido por norma. Tanto la CVC como el municipio realizan un seguimiento constante a estos territorios, y ante cualquier intervención irregular, se informa a la autoridad competente correspondiente.
 

Luis Parra, desde Planeación de la CVC, informa que:

“Son varias autoridades las que están pendientes de que el Jarillón no se vuelva a ocupar. El municipio tiene, a través de la Secretaría de Seguridad y Justicia, un grupo que hace recorridos para vigilar que estos espacios no se sigan invadiendo.”

El Jarillón del río Cauca es una barrera de protección contra inundaciones que circunda a Cali de norte a sur en alrededor de unos 26 kilómetros, los cuales han sido recientemente reforzados y dispuestos para convertirse en aún más proyectos a futuro.

“La idea principal es hacer un parque lineal en el Jarillón. De hecho, el Jarillón ya se reforzó y, a través de inspección, vigilancia y control, se ha tratado de evitar que existan nuevos asentamientos. Las teorías del urbanismo dicen que, si se reasenta, se tiene que hacer una obra que evite el nuevo asentamiento; que la gente no vuelva a construir”, afirma el secretario de Gestión de Riesgos.


A pesar de todas las experiencias trágicas que traen consigo estos desbordamientos, existen muchas apuestas que permiten no solo entender el sentimiento de los afectados, sino ver más allá de lo que el río se pudo haber llevado. Artistas como Dayana Camacho transforman sus recuerdos y vivencias con los desbordamientos en obras con un valor simbólico incalculable. Su trabajo no solo preserva su memoria, sino que también da voz a una comunidad entera que, como ella, ha enfrentado las consecuencias y el impacto de las inundaciones. Sus creaciones surgen del dolor compartido, pero también desde la potencia del arte como herramienta de resistencia y el amor a su pasado.

“Yo crecí en el barrio Floralia, al norte de Cali, entre el río Cali y el río Cauca, ahí en toda la desembocadura. Cuando yo estaba pequeña se inundaba mucho, mucho; todos decían que era por las lluvias, porque no daba abasto el alcantarillado (…) Yo empecé a pintar y a dibujar mucho archivo de noticias. Me interesa mucho las imágenes de los reportes donde se estaba inundando, y sobre todo aquellas que tenían animales atrapados en las inundaciones, porque era como una metáfora; esa cuestión del diluvio, como los animales que no se subieron al arca y que se quedaron allí esperando a que alguien los salvara, y nadie los salvó, entonces era como pensar ¿quién nos salvará ahora a nosotros? Cali es una ciudad que no está preparada para un invierno tan fuerte como lo podemos estar viendo ahorita.”

Ella hizo documentales, mesas de radio y más. Dayana ha tejido memoria con su gente.

“En el 2021 propuse al Ministerio de Cultura una investigación a partir de esto. Hice un pequeño corto documental que se llama Cataclismo, una exposición en Floralia, en El Tertuliadero Del Adulto Mayor que queda frente al Jarillón… Hice varios grupos focales, mesas de radio; fue como un proyecto muy integral, tenía un poco de todo (…) Las voces de los vecinos son voces que no son escuchadas por nadie y, a través del arte, uno las puede hacer visibles; la perspectiva de las personas que habitan el espacio puede ser escuchada. Es un espacio de divulgación: ‘aquí estamos y esto nos pasa’, y siento que eso es lo lindo del arte: más que intervenir y cambiar el mundo —porque el arte pocas veces logra eso— es un espacio para liberarse, para poder decir las cosas.”

Y como era de esperarse, la comunidad también se abrazó a este proyecto.

“Fue muy divertido porque la gente se desahogó, como si todos sintiéramos esto y nos pasara esto; ha sido chévere, me ha permitido acercarme de una forma más sensible a la relación que tenemos con los ríos en Cali (…) Las voces de los vecinos son voces que no son escuchadas por nadie y, a través del arte, uno las puede hacer visibles; la perspectiva de las personas que habitan el espacio pueden ser escuchadas. Es un espacio de divulgación: aquí estamos y esto nos pasa. Siento que eso es lo lindo del arte: más que intervenir, cambiar el mundo; es un espacio para liberarse, para poder decir las cosas…”


Enlace del proyecto: https://dayanacamachor.wordpress.com/2021/09/11/cataclismo/

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Dayana Camacho, cuadro.


Sus obras entrelazan distintos momentos del barrio Floralia, el cual antes era una laguna y hoy un sector urbano densamente habitado. Cada fragmento visual y cada pincelada parece capturar un tiempo específico, revelando cómo el territorio ha cambiado, pero también cómo permanece viva la memoria de lo que fue. No solo en fotos, sino en arte…

Toda esta discusión mencionada anteriormente y esta problemática para unos y catarsis para otros pone en evidencia la complejidad de equilibrar la necesidad de proteger a la ciudad de posibles desastres naturales con el respeto a los derechos de las comunidades que han habitado estas zonas durante años. Pero no se habla de la coalición que han hecho estas dos partes para ignorar el pasado. La solución requiere de un enfoque integral que incluya la participación activa de las comunidades, la garantía de viviendas dignas y un respeto total a los ríos y sus ecosistemas. Estamos ahondando en una historia bidimensional contada desde dos perspectivas y dos responsabilidades muy concretas que siempre buscan hallar un responsable común. Pero mientras tanto, la lluvia sigue cayendo…

Para algunos, es apenas un ruido de fondo que acompaña el descanso; para otros, un mal presagio. Es un hecho la satisfacción que provoca la lluvia en nuestro descanso, ¿acaso hay algo más agradable que dormir con el sonido de la lluvia de fondo? El paisaje grisáceo que se forma en la ciudad a través de la ventana y el olor a pasto mojado que brota en las zonas verdes es, para muchos, un espacio de concentración, inspiración y paz. Sin embargo, muchos lo ven como una tragedia que va más allá de los arcoíris que se forman entre las gotas de agua y las luces de Ciudad Jardín, pues hay sectores enteros que deben resguardarse y subir sus cosas a lugares donde el agua no alcance.


“Estas personas ya saben que ahí se inundan siempre, y por eso hay unas familias que han tomado la decisión de levantar sus casas, levantar muros, hacer escaleritas para que quede más alta, o bueno, las que han tenido esta posibilidad, que otras no (…) esos lotes que están ahí, bajitos, son los que siempre se inundan; entonces la gente ya sabe lo que les va a pasar. Lo que hacen es sacar sus pertenencias o subirlas a un segundo piso lo más antes posible”, relata con nostalgia Nancy, lideresa del barrio Floralia.

Cada una de estas corrientes hídricas narra una parte de la historia caleña urbana, ecológica e incluso política. Son espejos que reflejan cómo se ha construido o destruido nuestra relación con la naturaleza. El río Cali, por ejemplo, no solo tiene el privilegio de tener el nombre de la ciudad, sino que fue nuestra columna vertebral por mucho tiempo. A sus orillas nacieron los primeros barrios, plazas e iglesias. Pero en la actualidad, cuando llueve con fuerza, el río demuestra que jamás lo domesticamos del todo y se desborda como naturalmente debe hacerlo, se rebela y arrastra consigo basura, edificaciones y errores de planificación.

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Rio Cali, Avenida Colombia. Foto tomada por Williams Villa.

Por otro lado, mientras el norte guarda memorias en forma de arte, el sur enfrenta otra dinámica no muy alejada de la misma realidad: la lucha por espacio entre el agua y el concreto. Encontramos la otra parte de estas 7 corrientes: los ríos Meléndez y Lili son muy cercanos a barrios como Caney, Valle del Lili y El Ingenio. Estos nacen en las zonas altas de El Otoño y La Corra; son largos y extensos cauces que recorren la ciudad de oriente a occidente, y han sido obligados a soportar un desarrollo inmobiliario invasivo y excesivo. El concreto que usan las constructoras de conjuntos residenciales les arrebató el espacio natural que solía absorber el agua. Hoy, en sus cuencas hay edificios, avenidas, centros comerciales y locales. El agua que antes se filtraba en la tierra ahora rebota en las baldosas y corre sin freno por desagües y alcantarillados que colapsan con facilidad.

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Río Lili, Barrio Ciudad Jardín. Foto tomada por Williams Villa.

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Río Meléndez, Parque El Ingenio. Foto tomada por Williams Villa.

Mucho más al sur, el río Pance, uno de los principales afluentes de Cali, continúa siendo un símbolo de resistencia natural frente a la creciente presión urbana. Aunque sus aguas aún conservan una calidad destacable frente a las de otros ríos, la expansión de viviendas en sus riberas y la afluencia masiva de turistas han generado impactos significativos en su ecosistema. Durante temporadas altas, como fines de semana y festivos, este río puede recibir hasta 80.000 visitantes, superando en un 85 % su capacidad de carga establecida en 7.737 personas diarias, según un estudio de la Universidad del Valle en colaboración con la CVC y la Alcaldía de Cali. Esta sobrecarga turística, sumada al aumento de las lluvias en el sector, ha resultado en el aumento de la corriente y una acumulación de residuos sólidos, afectando la calidad del agua y la biodiversidad del área. En respuesta, se han implementado jornadas de limpieza y campañas de concientización lideradas por la comunidad y apoyadas por la CVC, logrando recoger hasta 300 kilos de residuos en tramos específicos.

En marzo del 2025, la Secretaría de Gestión del Riesgo de Cali declaró alerta roja cuando el nivel del río alcanzó 1,12 metros, recomendando la suspensión de actividades recreativas en sus alrededores. Estas acciones de emergencia buscan mitigar riesgos y preservar la integridad del río Pance como patrimonio natural de la ciudad.

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Río Pance. Foto tomada por Williams Villa.

Otros ríos más discretos, como el Aguacatal, bajan silenciosamente por las laderas del oeste. Su nacimiento en el Alto Aguacatal lo convierte en un punto limítrofe entre los municipios de Dagua, La Cumbre, Yumbo y Cali. Este no goza de la misma fama que tienen sus hermanos, pero su valor es inmensurable: alimenta nacimientos de agua, sostiene ecosistemas vitales del bosque seco y húmedo premontano, y abastece a barrios enteros de la ciudad. Sin embargo, con cada temporada de lluvias, su cauce se vuelve impredecible. Aumenta la turbiedad, se intensifican los deslizamientos en sus laderas y las aguas que antes calmaban ahora advierten, afectando así barrios como El Aguacatal y Montebello. Es otro de los tantos cuerpos de agua que, aunque olvidados por la ciudad, recuerdan que la naturaleza tiene memoria y que el exceso de agua también revela nuestras fallas y la necesidad natural del río por desbordarse.

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Desembocadura del Río Aguacatal en el Río Cali, Avenida del rio Oeste de Cali. Foto tomada por Williams Villa.

En las laderas de la Cordillera Occidental, cerca del Alto del Faro, a una altitud aproximada de 1.800 metros sobre el nivel del mar, nace el río Cañaveralejo. Desde allí desciende con pendiente pronunciada por el occidente de Cali, atravesando zonas rurales como Los Andes, La Buitrera y Villacarmelo, hasta ingresar a la ciudad por Bellavista y El Lido. Durante su paso urbano, el Cañaveralejo sufre muchísimas afectaciones: pérdida de cobertura vegetal, contaminación por aguas residuales y reducción del cauce debido a la expansión de viviendas informales en su ronda hídrica.

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Finalmente, este, al igual que sus dos hermanos, desemboca en el Canal Sur de la CVC, en las cercanías de la Autopista Simón Bolívar, cuyas aguas terminan donde todas lo hacen: en el gran río Cauca, el gran receptor del sistema hídrico caleño.

 “El río Lili, Cañaveralejo y Meléndez, tres ríos que desembocaban en el río Cauca, fueron interceptados por un canal que se llama Canal Sur. Ya los ríos no desembocan al Cauca, sino que lo hacen a este canal interceptado al sur. ¿Por qué? Porque cuando se urbanizó de manera no controlada, de manera poco planificada, la ciudad lo que hacía —por desconocimiento y por las dinámicas de las urbanizaciones de ese entonces— era desviar las quebradas, meterlas en tuberías o incorporarlas al alcantarillado. Así se alteraban sus cursos y su dinámica natural. Eso, en este momento, pasa en todo Cali: desde el norte hasta el sur, todos los cursos de quebradas menores y de los principales ríos han sido alterados”, explica Luis Parra, director de planeación de la CVC.


A medida que los ríos atraviesan la ciudad, sufren gran variedad de alteraciones e irregularidades que afectan su sentido hídrico natural.

“El menos alterado, digamos, es el río Cali; y eso que incluso en él hay tramos donde el cauce ha sido desviado. Por ejemplo, en el sector de La Tertulia existía el antiguo charco del Burro, una curva natural del río que fue enderezada. Todo este tipo de intervenciones altera la hidrodinámica de un río y genera efectos que después pueden afectar tanto a la población asentada como a las infraestructuras cercanas: vías, alcantarillados y demás. Lo que ha hecho la ciudad, entonces, es intentar menguar un poco todas esas afectaciones que se vienen acumulando desde hace más de quinientos años, tratando de que el sistema de drenaje de Cali se adapte poco a poco a esas transformaciones”.

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Capturado del Mapa de La Red Hídrica CVC https://geo.cvc.gov.co/visores/agua/29/


El imponente, largo y fuerte río Cauca nace en la zona del Macizo Colombiano, cerca de la laguna del Buey —en el municipio de Puracé, departamento del Cauca— a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar. Con una longitud aproximada de 1.350 kilómetros, atraviesa buena parte del occidente colombiano —desde el Cauca, el Valle del Cauca, Risaralda, Caldas, Antioquia hasta los llanos bajos de Bolívar— antes de desembocar en el río Magdalena, en el municipio de Pinillos, Bolívar. A su paso por Cali, entre los vertimientos que recibe se cuenta el curso del río Cali al norte de la ciudad, así como el vertimiento en el corregimiento de Navarro del Canal Sur de la CVC que recoge de los tres caudales. Su curso, que inicialmente baja por cañones y quebradas andinas, y luego abraza valles amplios y tortuosos, hace que su forma ondulada y serpentosa parezca querer imitar la del río Magdalena, provocando lentitud en sus aguas y un espejo mayor en el que la región occidental ensaya su propio cauce vital.

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Desembocadura del canal sur de la CVC en el Río Cauca en Navarro. Foto tomada por Williams Villa.


Según el más reciente informe del IDEAM, el fenómeno de La Niña ha concluido en Colombia, marcando el inicio de una fase climática más neutral. Sin embargo, las condiciones atmosféricas, la interacción con la Zona de Confluencia Intertropical (ZCIT) y la temporada de huracanes en el Caribe podrían mantener niveles elevados de precipitación en varias regiones del país, incluyendo el Valle del Cauca. En Cali, se ha observado en este periodo un aumento del 35 % en las precipitaciones en lo que va del año, en comparación con el promedio histórico. Este incremento ha generado preocupaciones entre la comunidad, que exige una respuesta inmediata por parte del Estado para mitigar los riesgos asociados a las lluvias intensas y prolongadas. Es fundamental que las autoridades locales y nacionales implementen medidas efectivas de gestión del riesgo y adaptación al cambio climático para proteger a las comunidades vulnerables y preservar los recursos naturales de la región. Adicional a esto, como ciudadanía debemos recuperar nuestro vínculo con los ríos, debemos pronunciarnos y entender que hacen parte de nuestra historia caleña; no todo es responsabilidad del Estado. Por ello, debemos respetarlos y hacer caso a las recomendaciones que las entidades encargadas nos brindan.

Las comunidades más afectadas han tenido que aprender a convivir con la alerta y la preocupación cuando los truenos suenan y el cielo azul característico de Cali empieza a tornarse gris; con la resignación de que cada aguacero traerá consigo no solo agua, sino miedo y tragedia. Los ríos deberían ser un símbolo de cultura, felicidad y orgullo para nosotros, no una palabra que recuerde pérdidas o disputas.

Esa repetición en el comportamiento y pensar de los ciudadanos y el Estado refleja algo más profundo que una molestia: un patrón de abandono, necedad e invisibilidad frente a toda esta situación; es la episteme de la ignorancia frente a los factores de riesgo que el río suena y trae en sus bellas aguas que mancillamos. Las lluvias, año tras año, activan la misma cadena de eventos y frustraciones donde las alarmas de colores aparecen y la comunidad reporta en redes lo que sucede en sus sectores: calles convertidas en caudales, árboles caídos, buses detenidos, barrios sin energía y, detrás de todo, una ciudadanía que, a pesar de que se manifiesta, no es escuchada tampoco; de un río que, aunque llora hasta secarse, no es ayudado.


Estas presipitaciones o caen solas, sino que evidencian un problema estructural en la urbanización de Cali, donde el crecimiento desmedido e irresponsable ha dejado a muchos habitantes expuestos a desastres naturales que, lamentablemente, podrían haberse evitado con una mejor planificación y políticas públicas más contundentes. Pero, lastimosamente, le seguimos dando la espalda a estas fuentes de vida.


La lluvia insiste, cae sobre los mismos techos, los mismos sectores, llena los mismos canales y repite las mismas lecciones para aquellos que cubren sus mantos e intentan olvidar lo que sucede. El problema no es que Cali se moje; el problema es que ninguno pensamos cómo arreglar el daño desde nuestro aporte individual, y así no seguir secando. Esta investigación casi fáustica no tiene otro objetivo que no sea informar, concientizar y darle el reconocimiento que los ríos se merecen; pues por ellos es que estamos aquí y, con orgullo, debemos decir y recordar que “somos la ciudad de los 7 ríos”.

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